La familia inclusiva

Introducción

En el Año Internacional de la Familia, del que se cumple ahora el 25 aniversario, se produjo un punto de inflexión en la cultura occidental. Hasta ese año había un consenso general acerca de lo que en Occidente se entiende por familia. Lo expresaban en términos muy parecidos un antropólogo de gran prestigio y el Catecismo de la Iglesia Católica. El primero la definía así: «consiste en el marido, en la mujer y en los hijos nacidos de su unión» (Levi-Strauss, 1979, 154). Por su parte, el segundo afirmaba que “un hombre y una mujer, unidos en matrimonio, forman junto con sus hijos una familia” (nº 2202). Cuando se hablaba de familia, fueran quienes fueran los interlocutores, era esa idea la que se compartía.

Esta idea parecía ser tan evidente como que existen el sol, las montañas, el mar o el mismo aire que respiramos. La familia nuclear habría existido siempre. Sin embargo, los historiadores enseñan que se trata de una idea muy reciente, surgida apenas en el siglo XIX (Bel Bravo, 2000). Eso significa que antes del siglo XIX no existía una idea de familia como la expresada por el Catecismo y por Leví Strauss. Ciertamente, la familia es la célula básica de la sociedad, pero eso no significa que por familia deba entenderse necesariamente la familia nuclear anteriormente descrita. 

Las comunidades humanas formadas por matrimonios poligámicos, las constituidas por las madres solteras o el fruto de las relaciones extramatrimoniales, han sido siempre pacíficamente consideradas realidades familiares. Nadie lo negaba y sin embargo no encajaban en la noción antes apuntada. La idea de la que estamos hablando constituía un modelo teórico al que se “debía” apuntar, un ideal sobre el que construir la sociedad cristiana. Antes que un tema legal, la familia era una realidad biológica, el fruto de las relaciones sexuales. Sobre ese presupuesto, las leyes intentaban fundamentar la familia sobre el matrimonio, de manera que sólo se consideraban legítimos los hijos nacidos de parejas casadas, mientras que los demás eran ilegítimos. Eso en el mejor de los casos, puesto que para defender la institución matrimonio/familia se castigaba a los padres en los hijos, calificándoles con nombres peyorativos que les recordaban durante toda la vida el delito de sus progenitores: bastardos, adulterinos, incestuosos, sacrílegos, etc. 

El Año 1994 constituye un signo de los tiempos: se adquiría una nueva conciencia de que la familia es importante para la sociedad, de que es una institución básica y fundamental, santuario de la vida y futuro de la humanidad.

¿Qué sucedió en el año 1994? Durante el mes de septiembre de aquel año se celebró en el Cairo la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (CIPD) organizada por las Naciones Unidas. En el informe emanado por esta institución, así como en los sucesivos documentos publicados por los organismos de la ONU, se comenzó a utilizar una terminología que rompía radicalmente con el modelo anterior, al que se comenzó a denominar “tradicional” para distinguirlo del nuevo surgido en ese momento. Con ese calificativo se conseguía desvincular la idea de familia de la del matrimonio: esta vinculación sería fruto de una tradición jurídica que habría llegado a su fin. La familia tradicional sería sólo un modelo entre otros muchos. 

Antes de 1994 se hablaba de la familia en singular, tal como debería ser según unas normas de derecho natural. 

Después de 1994 comenzó a hablarse de “familias” en plural. Así, el Informe de la CIPD -al tiempo que reconocía que “la familia es la unidad básica de la sociedad y, por consiguiente, tiene derecho a recibir protección y apoyo amplios” (art. 5, 1)-, por una parte, definía el concepto de salud reproductiva (art. 7,2) y por otra, contemplaba la realidad familiar a partir de los derechos individuales relativos a la familia, es decir, los llamados derechos reproductivos (art. 7,3). Mediante el reconocimiento de estos derechos reproductivos, la idea de “familia tradicional” se convertía ipso facto en un modelo periclitado y entraba en profunda crisis. A partir de ahora, las familias serían tal y como sus miembros decidiesen ser y no como “deberían ser” en virtud de una norma natural. Ahora habría que atenerse a “las necesidades diversas y cambiantes y los derechos de las familias y de sus miembros” en especial “de los miembros más vulnerables” (art. 5,8). 

A partir de 1994, los estudiosos se esforzaban en mostrar cómo la sociedad occidental alberga una pluralidad de tipos de familia. Junto a la familia nuclear -formada por los progenitores y uno o más hijos- habría que contar con las monoparentales, las homoparentales, las familias de padres separados, las reconstituidas, las de acogida, las familias sin hijos por elección, etc. 

 Si la familia tradicional se caracterizaba por estar fundada en el matrimonio; las nuevas realidades familiares pueden estar fundadas tanto en los lazos de parentesco de sangre como en los afectivos de pareja. Los derechos que tradicionalmente se habrían vinculado exclusivamente a los matrimonios comenzaban a ser vistos como derechos reproductivos de todas las personas y no dependerían ni de su orientación sexual ni tampoco de su estado civil.

Si tuviéramos que buscar un nombre para la nueva familia surgida en 1994 no encontraríamos ninguno mejor que el de familia inclusiva, pues ésta es su característica principal: no dejar a nadie fuera del concepto, atender a las distintas realidades y abandonar la ideología que había operado hasta ese momento. La realidad es más importante que la idea: he aquí uno de los principios de la reforma del Papa Francisco (Evangelii Gaudium, 232) que expresa perfectamente lo que aquí se trata. Ahora la familia no se identifica con ninguna institución humana ni con ninguna idea preconcebida, sino con una realidad vivida por las personas. En tema de familia es necesario atender a todas las familias y a todos sus miembros, en especial a aquéllas y a éstos que son especialmente vulnerables. 

Han transcurrido ya 25 años desde que se celebró el Año Internacional de la Familia. Suficientes para que en la distancia podamos ofrecer una valoración desapasionada, integradora e inclusiva. 

  • Desapasionada, porque es necesario huir del combate ideológico en el que la familia  se encuentra con frecuencia atrapada. 
  • Integradora, porque se trata de comprender la familia desde una perspectiva holística que no deje ningún aspecto de la realidad al margen. 
  • Inclusiva, porque se parte del principio según el cual la realidad es más importante que la idea y consiste simplemente en la narración que las personas hacen con sus propias vidas y desde ellas. 

El hilo conductor de este pequeño libro es la idea de inclusión aplicada a la familia, es decir, la voluntad de deconstruir las ideologías de la familia para dejar que ésta se exprese libremente en las narrativas autobiográficas. Dicho con palabras más sencillas, desprendernos de todo prejuicio moral a la hora de acercarnos a la vida familiar de las personas y atenderlas y respetarlas para que sean ellas las que hablen de sí mismas y de lo que entienden por familia

Entiéndase bien que hablamos de desembarazarnos de los prejuicios, no de las normas morales ni tampoco de las jurídicas; y que no se trata de deconstruir la familia, sino las ideologías que se han edificado sobre ella. La familia no es un constructo social sino la fuente originaria de todos los constructos sociales, porque en ella se tejen las primeras y fundamentales relaciones interpersonales: justamente las familiares.

Por esta razón, estoy muy lejos de considerar la familia como una categoría zombi. Así la considera un sociólogo de prestigio según el cual en el tiempo actual -que él denomina segunda modernidad- se siguen empleando conceptos que ya están muertos: los fundamentos teóricos sobre los que se construyeron han sido removidos y por tanto se convierten en incoherentes (Beck, 2000). Se trata de una apreciación aguda y extremadamente útil, puesto que muestra la muerte de la ideología que se construyó alrededor de la idea de familia nuclear nacida en el siglo XIX. Pero no es la familia, sino esta ideología la que debe ser calificada de zombi. Ya ha perdido vigencia y pervive únicamente en los nostálgicos de los viejos tiempos en los que los verdaderos valores eran defendidos por las instituciones de la monolítica sociedad cristiana. 

Si tuviera que señalar un hecho que ha marcado poderosa y profundamente mi trayectoria intelectual es el de haber participado en la celebración litúrgica de la Vigilia de la Jornada Mundial de la Familia, celebrada el 9 de octubre de 1994. La plaza de San Pedro estaba abarrotada de familias venidas de todo el mundo para celebrar esa Jornada y el discurso del Papa Juan Pablo II se me quedó grabado para siempre. 

El Papa estableció un diálogo figurado entre él y la familia, como si aquella muchedumbre fuera la legítima representante de esta institución que él consideraba soberana (Carta a las familias, 24). Así empezó ese diálogo, dirigiendo una pregunta en latín: ¿qué dices de ti misma?. 

 Familia, ¿quid dicis de te ipsa? Aquí, en esta asamblea nuestra en plaza de San Pedro, la familia ha intentado responder a esta pregunta: quid dicis de te ipsa? He aquí que “Yo soy”, dice la familia.

− ¿Y por qué razón tú eres?

− Yo soy, porque Aquel que ha dicho de sí mismo “sólo yo soy el que es”, me ha dado el derecho y la fuerza de ser. Yo soy. Yo soy la familia, soy el ambiente del amor, soy el ambiente de la vida; yo soy.

− ¿Qué dices de ti misma?

− ¡Yo soy gaudium et spes!.

La familia con la que dialogaba el Papa Juan Pablo II distaba mucho de estar en crisis. Al contrario, era un sujeto soberano con una conciencia plena de sí mismo, sabedor de poseer un poder recibido directamente de Dios. Para Juan Pablo II, la familia esperaba de la sociedad que fuera reconocida como un sujeto social. 

No. No era la familia la que estaba en crisis. Y si quisiéramos seguir usando esa palabra, habría que enfocar mejor el problema. Se trata más bien de una crisis de crecimiento producida por haber alcanzado un nuevo grado de autoconciencia. Algo parecido a lo experimentado por el adolescente que adquiere una percepción y un conocimiento nuevos de sí mismo que constituyen el origen de conflictos en relación con su entorno vital. Ya no le sirven las cosas de niño, porque ha dejado de serlo. Quiere asumir una nueva posición en el mundo. Análogamente, a la familia se le han quedado chicos los ropajes jurídicos con los que la sociedad moderna la quiso vestir desde las narrativas de poder. 

La Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo del mes de septiembre y la Jornada Mundial de la Familia en el mes de octubre de aquel año constituyeron dos hitos importantes de la autocomprensión de la familia a las puertas de este tercer milenio. Ambos hitos guardan una relación profunda entre sí, relación que se pone en evidencia cuando se considera la familia como realidad íntimamente inclusiva por naturaleza. 

Por naturaleza entendemos la humana, es decir,  el ámbito evolutivo que se conoce como noosfera. Al haberse vinculado la familia con el ejercicio de la sexualidad,  suele ser comprendida en el ámbito de la biosfera. Así ha sucedido durante siglos. En este momento histórico que vivimos la familia se sabe a sí misma como la realidad más inclusiva del cosmos. Pero no todos la comprenden en términos de inclusión.  Quienes lo hacen desde la biosfera no son capaces de trascender ese ámbito y se niegan a aceptar que la familia sea y se haga inclusiva con otras formas de organización del sistema familiar. Las consideran contra natura y excluyen a quienes las viven.

Y ésta es una de las razones por las que la lógica inclusiva no es operativa en la cultura de la familia tradicional, al contrario, cuanto más denodadamente pretenden defenderla más excluyentes se tornan sus defensores. Para ellos la biología es el bastión de la familia. Más allá de sus límites sólo cabría hablar de sucedáneos de familia. Éste es el argumento que ellos esgrimen para rechazar de plano la legalización de las uniones homosexuales. 

Sin embargo, estos defensores de la familia pueden convertirse sin quererlo en su principal enemigo. La lógica inclusiva es el argumento más convincente para vacunar a la familia contra las ideologías totalitarias que pretendan imponer una idea de familia -la suya- en lugar de promover el respeto a la libertad que todos tenemos para vivir nuestra vida como queremos.  La familia es el santuario de la vida, el «lugar» donde la persona -toda persona- es acogida, escuchada, atendida y respetada.  

Paradójicamente, el paradigma biológico de familia tiene su origen histórico en la lógica inclusiva: los cristianos rompieron la idea de familia de los romanos – basada en el poder del paterfamilias- para fundarla en las relaciones biológicas,  de forma que se logró imponer culturalmente la idea según la cual la primera de las relaciones familiares es la filiación: el hijo es siempre hijo con absoluta independencia de cuál sea su origen. Siempre debe ser acogido por sus padres. Los motivos morales sirvieron para defender la relación del más vulnerable -el hijo- cerrando un ojo ante el eventual pecado de los padres. 

 La familia es el entorno ecológico por antonomasia (Brofenbrenner, 1987), el lugar en el que todos los miembros que forman parte de ella se desarrollan como seres humanos. Si ésta es su verdadera naturaleza,  se puede parafrasear la afirmación de Pablo VI: el desarrollo y el progreso están referidos a todos los hombres y a todo el hombre. El camino de la inclusión es el de ahondar en la humanidad; un camino que invita a elevar la mirada para que no tenga otro horizonte que el de todos los hombres sin excluir a ninguno y propone una lógica que no margine ningún aspecto de la humanidad.